Veinte años atrás la frondosidad de los álamos tamizaba la luz del verano en esa misma avenida por donde se entra a la pequeña población desde el este. De esa época conservaba María sus recuerdos más preciados, algunas fotos dispersas en el comodín de su alcoba, y la luz, sobre todo la luz que entraba a borbotones por las ventanas de su casa desde que mediaba el mes de Mayo. En aquel entonces María era joven, alegre y vivaracha, de cuerpo grácil y esbelta silueta, de melena larga, acaracolada, limpia como el amanecer de verano y reluciente como el oro de las iglesias, que cae a raudales sobre sus hombros. Había pasado su juventud casi sin darse cuenta. Si intentaba recordar algún hecho destacado de su vida que se saliese de lo normal, sólo encontraba en ella a Miguel Jordano cuando subía las tardes de domingo hacia la plaza de la Iglesia repitiéndose al oído, seductoramente, palabras amorosas de felicidad compartida. Ahora, con el paso del tiempo al evocarlas suenan torpes, escuálidas, difuminadas por el correr de los años. Pero María, ahora cuarentona, con su cabello inundando ya de encanecidos mechones por el inexorable paso del tiempo, deja pasar su turno. Necesita que el azar le desbarate opiniones y certezas, tal es su confusión de la vida, un tiempo que ella había soñado desde siempre necesariamente de un color rosado.
Todas
las mañanas a la misma hora, durante la semana de vísperas de fiesta, la
fanfarria campanil de la Iglesia llama a la gente a la primera misa dedicada a
la Virgen. En esos bronces parece oír disfrazada, la voz de Miguel, como si
supiera que el recuerdo sólo era cuestión de un instante, un soplo en el
tiempo, un tenue fulgor malva en las nubes después del sol de los pobres.
-La misa de Nuestra Señora... -musita.
Sale al balcón. En su mente, Miguel Jordano,
su novio de hace veinte años, es el único personaje que unifica estas vivencias.
Y vuelven a sonar las campanas de la Iglesia. A través del balcón abierto
llegaban ahora desde la plaza, agudos e irritantes, los gritos de la
chiquillería presagiando el comienzo de las fiestas. Como cada año la
proximidad de las fiestas era para María un período cargado de melancolía y alborozada
inquietud por la posibilidad de que Miguel Jordano regresara. Para sus vecinos,
ver a María asomada al balcón con la mirada perdida en el horizonte, igual y
siempre renovada cada tarde, era ya un cuadro clásico para todos los que paseaban
por la avenida en aquellas horas del crepúsculo.
Habían pasado los años y ahora María era
una cuarentona de muy buen ver, que aún conservaba una cierta elegancia y
belleza, pero que con el correr de los días se le marchitaba. Se había forjado un mundo íntimo donde acudía todas las tardes
a revivir su pasado. Cuando Miguel Jordano se marchó del pueblo, su vida quedó rota
en plena juventud. Para superar aquel estado de amarga desolación tuvo que
detener el reloj de su memoria en aquella etapa maravillosa de su amor, refugiándose
en ella y resucitar así cada día los momentos de dicha vividos con Miguel. Pero
si continuaba soltera bien sabía ella que era por propio deseo, porque nunca
concibió el casarse con otro hombre. Y en esa fidelidad al recuerdo había
cimentado la lucha y el sentido de su vida.
De las cosas que más le gustaba recordar
eran aquellas tardes de domingo, en que iban a pasear solos por los verdes
lindazos cuajados de vinagreras y margaritas, donde charlaban y tomándose de
las manos se miraban a los ojos. Nunca podría olvidar aquella noche, en los
jardines de la plaza nueva, junto al viejo roble centenario recubierto de rododendros,
entre los rosales y sampedros, en que Miguel Jordano, con voz enronquecida y trémula
le dijo inesperadamente que la quería mientras depositaba un beso en sus labios.
Todavía hoy, pasadas más de dos décadas, le parecía percibir en la piel el
calor de aquel primer beso. Por eso jamás se atrevió a pensar en otro hombre,
por eso no le importaba vivir cien años soltera, porque ella había gozado de
las dulces exquisiteces de un amor auténtico. Con el recuerdo le bastaba, no
había exigido nada más.
El
súbito repique de las campanas de la iglesia anunciando la inminente salida en
procesión de la Virgen, la sacó de su abstracción. Alzó los ojos y vio el sol
en medio de una inmensa hoguera deslumbrante, hundiéndose irremisiblemente en
los vastos abismos del poniente. Los niños jugaban en la plaza gritando con
gran alboroto, los gorriones piaban desaforados sobre las altas copas de los
árboles y las palomas blancas revoloteaban majestuosas y finas en la torre y en
el tejado de la iglesia. Poco a poco en el cielo fue quedando una claridad vidriosa
que se prolongaba más allá de sí misma, por donde apuntaban ya tililantes
algunas estrellas. María abandonó el balcón y se dispuso a arreglarse para ir
acompañando a la Virgen en su salida procesional. La plaza presentaba un
aspecto festivo, animado y bullicioso, que se repetía como cada año. La banda
de tambores y cornetas tomaba ya posiciones junto a la puerta de la iglesia.
Los cohetes subían mientras que los gorriones piaban, desaforados, y las
palomas blancas revoloteaban majestuosas y finas en la torre y en el tejado de
la Iglesia. María se sentía dichosa. Las fiestas eran para ella un poco volver
al pasado, revivir de nuevo en la memoria su guardado amor. La emocionaban la
música, la tradición, los recuerdos, el gentío, todo aquel gentío...
De pronto sus ojos se detuvieron en otros
ojos. Su cuerpo se estremeció con una sacudida violenta y el corazón se le revolvió
en el pecho con rápidas y descompasadas palpitaciones. Un rubor caliente le
inundó el rostro y tuvo la sensación de que le quemaba las mejillas. Bajo los
ojos negros y profundos que tanto sobresalto causara en María, estaba la sonrisa
franca de Miguel Jordano, de aquel Miguel, de éste Miguel, de Miguel Jordano
que venía hacia ella con la sonrisa franca. Miles de pensamientos, apreciaciones
y sensaciones se cruzaron por su mente en unos pocos segundos. De golpe toda su
vida, la que guardaba con tanto celo y a la que acudía a diario, le pareció un
sueño absurdo. La sobrecogió un sentimiento de temor y frustración, como si su vivencia
anterior hubiese perdido en un momento toda coherencia y todo sentido.
Cuando se encontraron frente a frente,
apenas se reconocieron. El Miguel Jordano de su amor, que durante tantos años
había preservado en el corazón y en la memoria creándole un lugar preferente en
sus sentimientos más íntimos, lejos del envejecimiento y los deterioros del
tiempo, estaba muriendo ahora ante la presencia de este Miguel más que
cuarentón, de rostro arrugado, pelo escaso y canoso y estómago pronunciado,
pero con la misma mirada profunda y sonrisa franca de siempre, que le tendía su
mano fuerte y afectuosa.
-Hola, María...
Qué extraño y desconcertante era todo para
ella. Y sin embargo algo del joven Miguel Jordano quedaba todavía vivo en aquella
mirada negra, en aquella voz ronca y sobre todo, en aquella sonrisa franca y
abierta.
-¿Ya no te acuerdas de mí? -insistió él, al
ver la indecisión de María.
-Sí,
claro... -titubeó por uno instantes.
La luz de las velas que iluminaba el
inmaculado rostro de la Virgen, se reflejaba ya en el umbral de la puerta. La
voz del capataz sonó potente y clara animando a los costaleros, al tiempo que
golpeaba con el aldabón del paso. ¡A ésta es!
Un
aplauso unánime y un clamor de alabanzas recorrió la plaza, como una ola
invisible en un mar nocturno. La Virgen, plena de belleza, salió radiante sobre
el paso esmeradamente adornado con nardos, rosas, claveles, velas y candelabros
de plata. El griterío, la música, los cohetes y las campanas encendieron el
ambiente en un regocijo colectivo y desbordante.
¡Viva
la Virgen de las Huertas!
María,
con lágrimas en los ojos, miró el rostro de la Virgen como tras un cristal
empañado. A su lado, inmóvil, Miguel Jordano permanecía también emocionado. A
hombros de los jóvenes costaleros, arropada entre vítores y aplausos, la Virgen
avanza calle adelante, mientras desde lo alto una luna grande y cenicienta
dormita solitaria sobre las viejas almenas del castillo árabe.
* * *
No
obstante María continúa viviendo, pues ese es el misterio de la existencia, mudar
días, envejecer hora a hora hasta la muerte. Llega de nuevo el invierno. Cuando
la habitación ha comenzado a oscurecerse por la irremisible puesta del sol,
María salió al balcón. Con la mirada perdida en el horizonte apoyó los codos
sobre la baranda de hierro pintada de negro, posó las mejillas en las palmas de
sus manos con expresión soñadora, y se entregó a los recuerdos. Se había dado
cuenta que no contó con el inexorable paso de los años que todo lo modifica y
como frágil cristal, aquel Miguel de ahora que tuvo frente a frente y que
apenas conocía, se quebró en mil pedazos sin conseguir hacerle revivir de nuevo
la guardada pasión. Para ella, su verdadero amor, el del joven que todavía hoy
le parecía percibir en la piel el calor apasionado de su primer beso, era el
que quería conservar, el que jamás moriría en su corazón.
Ese
era el Miguel Jordano de su lejana juventud.
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